LA HERMANDAD EN EL PREGÓN DE 2011

El 9 de abril de 2011, sábado anterior al Domingo de Pasión, ha tenido lugar, como es tradicional, el Pregón de la Semana Santa de Córdoba, a cargo del periodista Luis Miranda García, hermano de la Cofradía de Nuestra Señora de las Angustias Coronada. Cargado de personales sentimientos y enhebrado con brillante urdimbre literaria, ha dedicado hermosas palabras, en forma de orante meditación, a nuestros venerados titulares. La Hermandad las agradece y recibe con todo honor:

“XI Dios y el hombre.

Remedio de Ánimas. Tantos años después, el escalofrío todavía no se me ha
ido del cuerpo […] Y si ésta es la más antigua, por los juegos imprevisibles de
la memoria aparece ahora la más reciente. La trae como un presagio la Virgen de
la Presentación en la íntima severidad de su luto, y en su mudo diálogo con el
dolor de la espada, se aparece la frase de Simeón que Córdoba vio cumplirse con
el Cristo de la Universidad: “Será una bandera discutida, y así quedarán
patentes los pensamientos de todos”. El Cristo que casi invita a mirar a otro
lado para no ver la sangre en la espalda, las señales de los puñetazos, la
saliva reseca, el que incomoda como a la gente de su tiempo repugnó la cruz,
marginal y oprobiosa, de Cristo, el que se parece al gusano despreciado de la
conciencia, el que suena a la palabra áspera e indignada del profeta que
denuncia vanidades, el que premia a quien busca bien con su rostro hermoso. Por
eso ahora, ante la imagen que es también la que soñó el desconocido autor de la
más bella oración de la lengua española, tal vez se desnude el corazón en
preguntas.

¿No me mueve, mi Dios, para quererte, el fuego del látigo en la piel, el
labio roto, la espalda en carne viva levantada? ¿No me mueve, Señor, para
seguirte, el desgarro traspasado del costado, las manos que se siguen abriendo
para sacar los demonios del alma, la piel arrancada por la tortura? ¿No me
mueven, mi Dios, para imitarte, los hombros desollados por la cruz del pecado,
las rodillas arrasadas por las caídas, el vientre hinchado de la muerte, la
lividez que nos dice que has dejado de respirar? ¿No me mueve, mi Dios, para
quererte, la belleza mancillada por la violencia, la majestad divina a la que
no tocan ni la muerte humillante ni el cuerpo inerte que cae vencido por la
gravedad? Otra vez, como entonces, fue tu cruz escándalo para unos y necedad
para otros, como si dos mil años hubieran hecho menos duros los golpes, menos
amarga la soledad, más llevaderos los clavos que se hunden en la piel, menos
angustiosa la respiración hasta el final, más suaves las espinas taladrando la
cabeza, como si, en fin, los temores de la oración en Getsemaní fuesen
aprensiones porque aquella muerte tuya, que con tan cruda poesía muestras, no
fuese para tanto.

Con él van los primeros nazarenos negros que pisan las calles, y les
seguirán muchos, desprendidos del mundo, como monjes en sus celdas de oración y
silencio, a solas con la presencia silenciosa de sus titulares, viviendo lo más
grande de su Semana Santa.”

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